Qué es acoso escolar y qué no: las claves para detectarlo en la escuela

Qué es acoso escolar y qué no: las claves para detectarlo en la escuela
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El 'bullying' es el ejercicio de un poder ilegítimo por parte de un grupo de escolares hacia otro. Sin embargo, un conflicto puntutal entre alumnos no significa que sea acoso

MARÍA SOLEDAD ANDRÉS GÓMEZ

El problema conocido como acoso escolar o bullying forma parte de las preocupaciones del profesorado, de las familias y de las administraciones educativas desde hace años en nuestro país

Teniendo en cuenta el interés que suscita, la amplia difusión del fenómeno puede llevar a confundirlo con otros relacionados con la convivencia escolar, pudiendo generar confusión en las actuaciones y, en su caso, innecesaria alarma social.

El primer objetivo de esta reflexión es, por tanto, definirlo atendiendo a sus características principales: qué es y qué no es bullying. El segundo, señalar la necesidad de actuaciones para detectarlo y, en su caso, detenerlo, en el marco de la educación para el desarrollo social y la mejora de la convivencia escolar.

El acoso es un problema de convivencia entre escolares, que se produce en un contexto educativo en donde un chico (o chica, aunque más frecuentemente son los varones los protagonistas) sufre agresiones de un grupo de compañeros que actúan de manera conjunta, dirigidos por un líder. Para hablar de este tipo de agresiones, diferenciándolas de otros conflictos de convivencia, es preciso, además, que el grupo de agresores las planifique con la intención de hacer daño, que se repitan en el tiempo y que la víctima no pueda responder por sí misma a los ataques, quedando en una situación de indefensión.

Una pelea entre escolares, más allá del malestar o conflicto que pueda generar entre los implicados o en el grupo de clase no es bullying. Tampoco se puede hablar de acoso en las peleas entre bandas, aunque se den altos niveles de violencia.

Por tanto, si nos preguntamos por las razones por las que se produce podemos ver que se debe al ejercicio de un poder ilegítimo por parte de un grupo de escolares hacia otro, rompiendo las relaciones de igualdad entre el alumnado que rigen en el seno de la institución educativa.

Nada hay en la escuela actual, en tanto que institución encargada de educar en los valores de igualdad y respeto, que tolere el abuso de unos escolares hacia otros. Véanse las conductas con las que se identifica este fenómeno, justamente en sentido contrario a la enseñanza de los valores básicos de ciudadanía: todas ellas engloban un conjunto de agresiones dirigidas a hacer daño al otro, aunque quienes atacan pretendan minimizar su impacto («Es un juego»): son agresiones verbales como insultar, poner motes y/o sembrar rumores denigrantes; de aislamiento y exclusión; son agresiones físicas como pegar, robar, amenazar y/o chantajear de distintas formas; también acoso sexual, por razón de género u orientación sexual.

No es poco, a pesar de que la visibilidad para el mundo adulto sea escasa en un primer momento. Aunque, todavía hoy, la no intervención se justifique en viejos mitos y estereotipos («Eso siempre ha pasado y no era grave») que, victimizando doblemente, culpabilizan a quien sufre los ataques de sus compañeros o compañeras («No se integra»).

La clave está en la experiencia del tutor

Es cierto que, en ocasiones, el profesorado bien puede no saber la profundidad del daño, ni la duración de las agresiones en el tiempo. Aunque sí, debido al conocimiento de su grupo, puede tener una idea de la naturaleza de las relaciones entre su alumnado: los grupos que se forman, el rol que juegan los chicos o chicas en su seno y del tipo de relaciones que se establecen.

La experiencia de tutores o tutoras, particularmente, les permite conocer, aún de forma aproximada, qué puede estar sucediendo en su clase con ese chico o chica que, independientemente de su rendimiento, no tiene amigos, no se relaciona bien con sus compañeros o compañeras, le cuesta ser admitido en los grupos de trabajo, permanece solo en el recreo, etc. Y ese conocimiento es la base de su actuación.

Es cierto también que ser profesor o profesora no les convierte en expertos para confrontar el acoso de forma automática, aunque la sensibilidad y preocupación por el problema es suficiente para detectar y detenerlo cuando aparece, si se asume que es imprescindible enseñar el respeto y la aceptación del otro como tarea docente, porque ignorarlo es dejar crecer la semilla de la intolerancia y el abuso.

Las familias, por su parte, siendo un conflicto que se produce en la escuela, en el seno de la clase –aunque puede tener continuidad fuera de ella, de manera especial a través de las redes sociales- poco más pueden hacer que, detectándolo, ponerlo de inmediato en conocimiento del profesorado responsable: tutor o tutora, en primer lugar, de orientador u orientadora del centro y del equipo directivo si fuese preciso.

No se puede forzar la amistad

Una actuación conjunta, en las aulas y en los centros, desde la que se envíe el mensaje claro y contundente de que en la escuela no se permite la violencia, y de que el bullying, acoso o maltrato lo es, y así será tratado, es la herramienta que permitirá detener los abusos. No es preciso, ni conveniente, forzar «amigos» que acompañen al chico o chica victimizado, porque la amistad no puede ser obligatoria. Por contra, sí lo es el compañerismo, el respeto al otro, esta sí es obligación de la escuela.

En los últimos años, a diferencia de finales de los 80 y 90, cuando se comenzaba a estudiar el fenómeno en nuestro país, existe un alto nivel de sensibilización entre escuelas y profesorado. Muchos centros cuentan con herramientas educativas de distinto tipo y nivel de actuación: desde materiales para promover la empatía y el compañerismo en el aula, hasta programas específicos de «alumnado ayudante» o de mediación para orientar de forma adecuada las intervenciones.

Asimismo, existe legislación que penaliza la falta de actuación de los centros que se empeñan, aún hoy y a pesar de todo el conocimiento disponible (guías, publicaciones, cursos, conferencias, películas, series…) en negar la existencia del problema en sus aulas y se muestran incapaces de proteger y educar a todo su alumnado.

Lo deseable, e imprescindible en cualquier caso, es no llegar a este extremo. Educar es prevenir. El profesorado puede y debe saber cómo actuar. Las herramientas del Derecho, para quienes creen que en ellas está la solución, llegan cuando la educación ha fracasado y, en ese momento, ya es tarde. Muy tarde por los largos años de sufrimiento que soportan las víctimas, a quienes detienen proyectos de vida y agotan voluntades, en los casos menos graves. Pero, también, desgraciadamente, demasiado tarde para otros chicos y chicas que, abrumados por el sufrimiento y desesperados por la falta de apoyo, recurren al suicidio.

En definitiva, profesorado y centros han de saber responder a la pregunta que, hace ya tiempo, se hacía Andy Hargreaves: «¿Cómo avanzar hacia una cultura escolar en la que las agresiones no se consideran permisibles ni moralmente admisibles y en las que la dignidad de la persona está por encima de cualquier otro valor?».

Autora: María Soledad Andrés Gómez, profesora en la Facultad de Educación, Universidad de Alcalá

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

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