Las discrepancias políticas y de gestión llevan a Blanco a dimitir; Isaac Pola asume Industria

Francisco Blanco abandona la sede de la Consejería de Industria tras comparecer ante los medios de comunicación./
Francisco Blanco abandona la sede de la Consejería de Industria tras comparecer ante los medios de comunicación.

El único consejero no 'susanista' se va cansado de su poco margen de maniobra y muy crítico con la labor de Hacienda. Las primarias del PSOE torcieron del todo su relación con Javier Fernández

DANIEL FERNÁNDEZ

«Nadie dudaba que esto iba a suceder, la única cuestión era saber el cuándo». La reflexión, de un veterano dirigente socialista, ejemplifica bien a las claras lo asumido que estaba en el seno del partido y del Gobierno que la etapa de Francisco Blanco como consejero de Empleo, Industria y Turismo estaba próxima a su fin. Si no llegó antes fue porque la pugna por la secretaría general del PSOE obligó a retrasar el momento para no interferir en la disputa interna. Blanco deja el Ejecutivo regional, explican fuentes conocedoras de lo sucedido en estos dos años, cansado del escaso margen de maniobra de que ha dispuesto para desarrollar su trabajo, discrepante con la política presupuestaria trazada por la Consejería de Hacienda y harto de asumir el desgaste de conflictos que no le eran propios, como la llamada trama del cable vinculada a la empresa pública Gitpa. Las primarias él, único consejero no afín en un gabinete monolíticamente susanista no hicieron sino lastrar definitivamente una relación con el presidente del Principado, Javier Fernández, que ya venía deteriorándose desde tiempo atrás.

Blanco nunca fue lo que puede entenderse como un javierista puro al estilo de consejeros que llevan tiempo desarrollando su tarea a la sombra de Javier Fernández, caso de la de Desarrollo Rural, María Jesús Álvarez; la de Infraestructuras, Belén Fernández; o la de Hacienda, Dolores Carcedo. Personas de la máxima confianza del presidente, en los dos primeros casos reprobadas por la Junta General pero siempre defendidas a capa y espada. De hecho, tampoco ahora que hay que remodelar el gabinete para cubrir el hueco en Empleo, Industria y Turismo se va a ir más allá en los cambios. Con buen cartel en clave interna, presenta un perfil más académico es profesor de Hacienda Pública de la Universidad de Oviedo, a la que ahora volverá e independiente. Eso no es óbice para que, por ejemplo, forme parte de la actual ejecutiva de la Federación Socialista Asturiana que encabeza Fernández.

Fuentes socialistas consultadas por EL COMERCIO rechazan la tesis de que Blanco se haya ido por discrepancias con su equipo de trabajo. Sitúan el origen de la salida en la progresiva incomodidad derivada de la acción política del Ejecutivo. En la falta de capacidad real para dar un impulso definitivo a las políticas de empleo, principalmente, pero también a las turísticas. Sobre todo, por la falta de disponibilidad presupuestaria. Es verdad que ha habido una prórroga de por medio, como también lo es que el hasta ahora consejero de Empleo discrepaba frontalmente de la gestión de la consejera de Hacienda, Dolores Carcedo, y entendía que esta no garantizaba que su departamento pudiera contar con los mínimos recursos para hacer bien su labor.

Al margen de valoraciones de los suyos, de afines y de críticos, sí es un hecho que Francisco Blanco ha sufrido el desgaste político de la gestión de asuntos heredados de etapas anteriores a su llegada al Gobierno. La gestión de la televisión digital y singularmente la llamada trama del cable, que investiga un presunto fraude en las obras de desarrollo de la fibra óptica en el Principado, han situado su figura en el ojo del huracán. Sus comparecencias en la Junta General para responder a la ofensiva de la oposición, singularmente de PP y Podemos, por este asunto han sido reiteradas y en ocasiones subidas de tono.

Y aunque es verdad que la decisión de Blanco de dejar el Gobierno ya estaba tomada y pactado su aplazamiento con Javier Fernández para no interferir en las primarias, también es cierto que el convulso proceso de elección del secretario general del PSOE ha torcido definitivamente su relación tanto con el presidente como con el resto de miembros del Ejecutivo.

Blanco se significó inicialmente en favor del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, cuando este asumió por primera vez el liderazgo del partido en las primarias en que derrotó a Eduardo Madina. Y estuvo cerca de entrar en su ejecutiva en un tenso congreso en el que finalmente se apostó por María Luisa Carcedo y Adriana Lastra como representantes de la Federación Socialista Asturiana. El paso del tiempo le alejó de Sánchez y en estas primarias se le situó en la órbita de Patxi López, a cuyo acto de presentación en Gijón acudió.

Una trayectoria que chocó con el apoyo monolítico de Fernández, de los consejeros y de los 14 miembros del grupo socialista en la Junta, en definitiva del aparato, a la candidatura de Susana Díaz. La situación propició el aislamiento de Blanco en el seno de un Consejo de Gobierno cuyas últimas reuniones, dicen fuentes conocedoras de las mismas, se desarrollaron en un ambiente no demasiado favorable. La hemeroteca permite recordar, al hilo de este proceso interno, algunos episodios curiosos. Días después del estruendoso comité federal que puso punto y final a la primera etapa de Pedro Sánchez, Blanco colgó en su cuenta de una red social una imagen de la portada de Julio César, de Shakespeare, bajo el epígrafe «algo tienen los clásicos». Una recomendación literaria aparentemente inocua si no fuera por que la obra narra el asesinato del político romano a manos de un grupo de conspiradores. La referencia sulfuró tanto a la cúpula socialista como al Gobierno.

El Ejecutivo dio ayer carpetazo a la etapa del consejero con una breve nota en la que agradece el «buen trabajo realizado» en sus dos años de gestión.

Fernández opta por el continuismo y apuesta por Isaac Pola como relevo

Quienes conocen bien a Javier Fernández saben que no es político dado a grandes virajes, a cambios radicales. Por eso cuando una vez conocida ayer la renuncia de Francisco Blanco comenzaban las quinielas sobre su hipotético sucesor, ganaba enteros la tesis del continuismo y de que el presidente apostaría por alguien que conociera bien el departamento en cuestión. En ese perfil encaja Isaac Pola, actual director general de Minería y Energía y próximo consejero de Empleo, Industria y Turismo, cuyo nombramiento adelantó EL COMERCIO en su edición digital y confirmó el Ejecutivo a última hora de la noche.

Pola, ingeniero como Fernández, acumula una dilatada trayectoria en puestos de responsabilidad y podrá asumir la dirección de la consejería «de un día para otro», sin necesidad de una transición o aprendizaje de por medio. Algo que en esta ocasión se ha considerado especialmente relevante teniendo en cuenta que la legislatura transita ya por su ecuador y que situar al frente a alguien de fuera, por prestigioso que pudiera ser, requeriría de un tiempo del que no se dispone. Es, dicen desde el Ejecutivo, una persona con experiencia en la gestión, bien visto en clave interna y que se acomodará fácilmente a la estructura del Consejo de Gobierno.

La renuncia de Blanco animó ayer sobremanera la matinal parlamentaria en la Junta General. No tanto por el pleno que sí, que comenzó con demora y con un orden del día reducido ante la necesidad de eliminar los puntos en que iba a intervenir el consejero, como por el maremoto político que originó su adiós. Una decisión que mayoritariamente los grupos enmarcaron en el proceso interno que vive el PSOE después de las primarias del pasado domingo que encumbraron a Pedro Sánchez como secretario general por segunda vez.

Lo cierto es que el abandono de Francisco Blanco ponía al Gobierno ante un horizonte con dos caminos por delante. La opción más probable, la que finalmente se escogió, era limitar el cambio a la consejería afectada y evitar otros ajustes. La otra, que a primera hora de la mañana alimentó el portavoz parlamentario de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, pasaba por aprovechar la ocasión para realizar una remodelación más amplia del gabinete aprovechando que algunos de sus integrantes sufren un acusado desgaste político. Pero esta alternativa se descartó con premura.

En el seno del Ejecutivo se admite que hay consejeros políticamente muy tocados. En concreto, dos: la de Desarrollo Rural, María Jesús Álvarez, y la de Infraestructuras, Belén Fernández. Ambas han sido objeto de reprobación por parte de la Junta General, algo que si bien no tiene una significación práctica sí supone un castigo político en toda regla. Una debilidad que intenta exprimir la oposición, que aprovecha cualquier sesión parlamentaria para cargar contra ambas.

La tesis de Llamazares de una reforma amplia del Gobierno para, a mitad de legislatura, dar un impulso a la acción política con vistas a los dos años que hay por delante es admitida incluso por miembros del gabinete, aunque solo desde un punto de vista teórico. En la práctica, Fernández no ha querido ni desautorizar a sus consejeras, a las que siempre ha arropado en público, ni afrontar un cambio profundo del gabinete en un momento políticamente muy delicado. Con la derrota en las primarias aún caliente, un congreso federal en junio y un cónclave regional en el que se dirimirá el liderazgo de la FSA después del verano, se ha optado por la cautela.

El presidente parece pues dispuesto a cumplir el mandato con el mismo equipo con el que lo comenzó, excepción hecha del retoque puntual que supone la salida de Blanco y la entrada de Pola.

 

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