Alfredo Pérez Rubalcaba, despedido con honores de Estado

Los Reyes acudieron a la capilla ardiente de Alfredo Pérez Rubalcaba en el Congreso de Diputados./EFE
Los Reyes acudieron a la capilla ardiente de Alfredo Pérez Rubalcaba en el Congreso de Diputados. / EFE

El exvicepresidente del Gobierno y exlíder del PSOE es velado en el Congreso, un reconocimiento reservado solo a jefes del Ejecutivo y presidentes de la Cámara | Dirigentes de distinto signo político elogian su trayectoria y su naturaleza de «hombre de Estado»

PAULA DE LAS HERASMADRID.

La muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba, a los 67 años, aunque esperada, causó ayer un enorme impacto en el mundo institucional español. El exvicepresidente del Gobierno, exministro del Interior, ex secretario general del PSOE y -como subrayó el popular Jorge Fernández Díaz, su sucesor al frente de las fuerzas de seguridad del Estado- exprácticamente todo lo que se puede ser en política, llevaba ingresado en el Hospital Puerta de Hierro de Madrid desde el pasado miércoles cuando, tras haber asistido puntual a la cita con sus alumnos en la Facultad de Químicas de la Autónoma, a la que volvió a dar clases en 2014, sufrió un ictus fatal del que ya no logró recuperarse.

Rubalcaba no llegó a ser presidente del Gobierno. A decir de sus más cercanos, tampoco fue esa su mayor espina. En todo caso, con socarronería pero, según sus íntimos, bastante en serio, se lamentaba de no haber podido ocupar la presidencia del Real Madrid, el club de fútbol del que era seguidor acérrimo. Siempre se sintió más cómodo susurrando al oído de otros líderes de su partido, Felipe González, Joaquín Almunia, José Luis Rodríguez Zapatero... Y aunque en 2011 se presentó a las elecciones generales como candidato de su partido lo hizo más como acto de servicio -era plenamente consciente de que su formación, achicharrada por la gestión de la crisis económica, se encaminaba al descalabro electoral- que por ambición personal.

Su importancia en el devenir de la historia reciente de España, sin embargo, fue suficientemente notable como para que su capilla ardiente quedara instalada ayer en el Congreso de los Diputados, un honor concedido a muy pocos en democracia. Hasta ahora, sólo los expresidentes Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo, ambos de UCD; el vicepresidente de la Cámara baja y padre de la Constitución Gabriel Cisneros, del PP, y el expresidente del mismo órgano Manuel Marín, del PSOE, lo han tenido. El velatorio permanecerá abierto hasta las dos de la tarde de este sábado. Pero ya desde el mismo miércoles fueron muchos los que se acercaron al hospital a acompañar a su familia y expresar su afecto y consideración.

«Ha sido una de las personalidades más importantes de la reciente historia de España, y como tal merece ser honrado y reconocido -escribió el expresidente Mariano Rajoy en su cuenta de Twitter y reitera en un breve homenaje en las páginas de este periódico-. Fue un hombre de Estado y un adversario digno de respeto y admiración». En vida, el ex secretario general del PSOE recibió muchos ataques de sus rivales políticos y de sus propios compañeros de partido. Como suele ocurrir con los muy influyentes y muy brillantes, despertaba admiración pero también recelos que, en algunas ocasiones, fue capaz de disipar gracias a un carácter enormemente afectuoso. Sin embargo, ayer era el día de dejar desencuentros a un lado. Como él mismo ironizó en su despedida del Congreso, en España «enterramos muy bien».

«Intérprete del socialismo»

Pedro Sánchez, con el que tuvo serias discrepancias en los últimos años, adelantó el jueves su regreso de Rumanía, donde participaba en un Consejo informal de la UE, consciente ya de que su estado era crítico y ayer anuló a primera hora su agenda del día, la visita al Salón del Automóvil de Barcelona junto al Rey, un almuerzo institucional en el que iba a coincidir con el presidente de la Generalitat, Quim Torra, y un acto para la campaña de las municipales y europeas del próximo día 26. Desde la mesa del Consejo de Ministros, la portavoz del Gobierno en funciones, Isabel Celaá, también le dedicó unas palabras: «Siempre tuvo el Estado en su cabeza y es uno de los mejores intérpretes de los valores del socialismo español y europeo. Fue un buscador infatigable del acuerdo».

Buena prueba de su conciencia de servidor público fue que cuando ya tenía anunciada su renuncia al liderazgo del PSOE, dedicó sus últimos meses en el cargo a negociar y preparar con Mariano Rajoy en el más absoluto secreto la abdicación de Juan Carlos I en Felipe VI. Fue un trabajo jurídico fino para el que no se contaban con precedentes. La Constitución está pensada para las sucesiones, no para las abdicaciones.

Poco amigo de hablar de éxitos, solo hinchaba el pecho por la derrota de ETA. Fue la obsesión de su paso por Interior, que se vio coronada por el éxito en octubre de 2011, cuando ya no ocupaba el despacho del ministro porque era el candidato a la Moncloa. Dio igual, sabía que algún mérito le correspondía por el anuncio del cese del terrorismo.

En otro de sus grandes objetivos, la canalización de la crisis catalana, tuvo menos suerte. Como portavoz socialista en el Congreso participó en la negociación del Estatut de 2006 e hizo buenas migas con sus entonces homólogos de Esquerra Republicana, Joan Puigcercós, y CiU, Josep Antoni Duran i Lleida, pero años después, cuando el independentismo se hizo más virulento, sus buenas relaciones no sirvieron de nada. Si acaso, alejar al PSC del «derecho a decidir», al que se había entregado de hoz y coz, y ofrecer a su partido una fórmula territorial de consenso, con tinte federal, plasmada en la Declaración de Granada.

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