Alejandro Portes, Premio Princesa de Ciencias Sociales: «Cerrar un país a la inmigración es limitar su capacidad de crecimiento»

El sociólogo Alejandro Portes. / ERNESTO AGUDO
El sociólogo Alejandro Portes. / ERNESTO AGUDO

El ganador del Princesa de Ciencias Sociales aboga por «regular» la llegada de extranjeros para que los estados «puedan apoyar la acogida»

JOSÉ L. GONZÁLEZ GIJÓN.

Alejandro Portes (Cuba, 1944) tenía ayer la voz tocada. La noche anterior recibió la noticia de que había sido elegido Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2019 y el teléfono no dejó de sonar en toda la jornada para felicitar a un sociólogo que se convirtió en referencia en el estudio de los flujos migratorios y la adaptación de los emigrantes en sus países receptores. Desde su despacho de la Universidad de Princeton, donde es profesor emérito, fuerza un poco más la garganta para explicar los fundamentos de su trabajo.

-Los flujos migratorios son uno de los retos del siglo XXI. ¿Cómo se debería afrontar?

-Las migraciones van a continuar y a representar un papel importante en lo social y lo político, tanto en países de salida, como de acogida. Dentro de Europa y EE UU hay diversas aproximaciones. Algunas comprenden la inmigración como algo necesario para suplementar el déficit demográfico de poblaciones crecientemente envejecidas y con bajo crecimiento vegetativo. Otras, demonizan la inmigración, asustan a la población nativa y la usan para hacer caudal político. Es una tendencia preocupante que existe tanto en EE UU como en Europa.

«España compensó el crecimiento vegetativo negativo con la llegada de inmigrantes» «El muro de Trump es bastante risible, porque no sirve para parar nada»

-¿Por qué funciona la estrategia del miedo?

-Siempre ha pasado en periodos de alta inmigración. Determinados líderes políticos y cierto periodismo populista exagera el impacto que tiene la inmigración y moviliza a la población nativa para que piensen que los inmigrantes les van a quitar el trabajo, van a cambiar la cultura, el idioma... Nunca ha pasado nada de eso, pero esas movilizaciones han tenido un impacto importante, como se ha visto en el caso de Norteamérica. La inmigración se ha convertido en un arma política con efectos que van mucho más allá del que realmente tienen los inmigrantes.

-¿Qué efectos?

-La reacción que ya se está dando es cerrar completamente el país a la inmigración. Eso lleva a consecuencias negativas para los inmigrantes, desde luego, pero también cierra una puerta necesaria para el mantenimiento y crecimiento de las sociedades de acogida. Si se quiere tener un país con una media de edad de 60 años con regiones enteras vacías, se puede hacer, pero no será un país que vaya muy lejos. La emigración se convierte ahí en un requisito. También es cierto que la inmigración no puede ser descontrolada; debe ser regulada y canalizada para que los estados puedan supervisar y apoyar el proceso de acogida.

-¿Acompañar la acogida mejora el proceso de integración?

-En el caso español, el estudio ha arrojado un balance bastante positivo. Los jóvenes se identifican con la sociedad, se incorporan a ella, hay pocos casos de discriminación generalizada. España ha logrado suplementar el crecimiento vegetativo negativo con el aporte de inmigrantes que llegaron entre los 90 y la crisis, y eso se debió más a la ausencia de modelo. No tenía experiencia en acoger inmigrantes y lo que ocurrió es que se dio una reacción pragmática: hubo varias regularizaciones y eso contribuyó a la integración de los hijos. La sociedad española ha mostrado hasta ahora ser bastante tolerante con los extranjeros. Hasta hace poco, no ha habido ningún movimiento antiinmigratorio radical, aunque las cosas pueden cambiar.

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-¿Se dio el mismo proceso de integración en EE UU en las últimas décadas?

-Utilizamos el concepto de asimilación segmentada. Hay grupos con suficiente nivel de educación entre los padres para acceder a buenas posiciones profesionales, y sus hijos crecen con una serie de ventajas y se incorporan relativamente bien a la sociedad. Al otro extremo están los inmigrantes que venían ilegalmente, con muy bajo nivel de educación, y eso hace muy difícil la integración positiva de su familia y sus hijos. A menudo ocurre un proceso de asimilación descendente: abandonan la escuela, se niegan a aceptar la identidad del país receptor, entran en bandas, van a la cárcel... una serie de resultados negativos que los confinan en la escala inferior. Eso depende fundamentalmente del nivel de preparación de los padres y el estatus legal de los progenitores en EE UU.

-¿Ese proceso se da en España o se aplican otras herramientas que lo evitan?

-Además de la relativa tolerancia social y política, hubo repetidas regularizaciones, les dieron papeles. Eso permitió que se quedaran, que sus hijos se escolarizaran y se fueran integrando en la sociedad. Ahí no identificamos un gran contingente de asimilación descendente. Ahora el problema es qué pasa con estos inmigrantes que llegan desde el Estrecho y cómo procesan a toda esa población. Es un desafío que debe ser enfrentado vigorosamente, porque si no, no solo será negativo para la población, también para la política, porque da pábulo a movimientos xenófobos.

-¿Para qué sirve el muro de Trump?

-Es bastante risible, porque no sirve para parar nada. La emigración laboral sigue viniendo de México, pero lo hace con visas temporales que la propia administración de Trump entrega. En 2017 llegaron aproximadamente un millón de inmigrantes por este sistema. La que llega de Centroamérica es de familias enteras que escapan de la violencia, y eso no lo para el muro porque los que llegan no tratan de escaparse de las patrullas, sino que se entregan. La ley dice que no se puede expulsar a nadie si pide asilo. El muro no está parando absolutamente nada, es pura propaganda. Es cierto que tanto en EE UU como en ciertos países europeos hay una creciente política hostil hacia los refugiados y hacia la inmigración permanente. Eso da lugar a que la inmigración en EE UU se esté volviendo temporal y que los que están en situación ilegal sean un grupo que vive en las sombras, extremadamente perseguido y con consecuencias que pueden ser muy negativas para sus hijos.