Joanne Chory y Sandra Myrna Díaz, premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica

A la izquierda, Joanne Chory, y a la derecha, Silvia Myrna Díaz/
A la izquierda, Joanne Chory, y a la derecha, Silvia Myrna Díaz

Se trata de dos biólogas especialistas en plantas cuyos trabajos se revelan fundamentales para la lucha contra el cambio climático

José Luis González
JOSÉ LUIS GONZÁLEZGijón

Joanne Chory y Sandra Myrna. Esos son los nombres de las galardonadas con el Premio Princesa de Investigación Científica y Técnica 2019. Las premiadas son dos biólogas que centran su trabajo en las plantas y cuyas aportaciones se revelan «trascendentales» para la lucha contra el cambio climático. La primera, estadounidense, es investigadora del Instituto Salk y lleva décadas trabajando con la Arabidopsis thaliana, una pequeña planta de mostaza con flores que se utiliza como modelo para conocer el crecimiento de estos seres. La segunda, argentina, es la autora de un concepto que ha revolucionado la biología vegetal. Se trata de la diversidad funcional, un concepto metodológico que permite cuantificar los efectos y beneficios de la biodiversidad de las plantas.

Joanne Chory (Methuen, EE UU, 1955) se formó en el Oberlin College y la Universidad de Illinois y lleva vinculada al Instituto Salk desde 1984. Durante los últimos 25 años ha centrado su trabajo en el uso de la genética y la biología molecular para saber cómo responden las plantas a su entorno. La base de su trabajo es mutar los genes de la planta para observar después qué efectos produce sobre ellas. Con esta técnica se puede, por ejemplo, saber cómo una planta se adapta a condiciones extremas de temperatura o humedad, aportando información que puede ser utilizada por los agricultores y dando respuesta así a las problemáticas y desafíos que plantea el cambio climático. Los trabajos de esta investigadora se mueven en un contexto extremo: la estimación de que la población pasará de los 7.000 a los 12.000 millones de personas en el presente siglo, lo que provoca un fuerte aumento de la demanda de alimentos, que se combina además con sequías extremas y fluctuaciones de la temperatura. Con su trabajo y el de su equipo, esta bióloga ha conseguido determinar la función de múltiples factores que controlan el crecimiento de una planta. Además, ha conseguido desarrollar plantas capaces de absorber hasta 20 veces más dióxido de carbono del aire que las normales.

Por su parte, Sandra Myrna (Córdoba, Argentina, 1961) se formó en la universidad de su provincia natal, donde también desarrolla su tarea investigadora y docente. Su especialidad es el estudio del impacto del cambio climático global sobre la biodiversidad regional de los ecosistemas vegetales. En ese marco también ha investigado los efectos del uso de la tierra y los cambios de biodiversidad sobre la dinámica del carbono y la diversidad de la microbiota en los suelos. Además de sus estudios científicos, Sandra Myrna ha desarrollado una intensa labor en la lucha contra el cambio climático que la llevó a ser partícipe del Premio Nobel de la Paz otorgado en 2007 al Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, del que era miembro.

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El Jurado

El jurado está compuesto por: Jesús A. del Álamo; Juan Luis Arsuaga Ferreras; Alicia Asín Pérez; César Cernuda Rego; Juan Ignacio Cirac Sasturáin; Miguel Delibes de Castro; Pedro Miguel Echenique Landiríbar; Elena García Armada; Clara Grima Ruiz; Amador Menéndez Velázquez; Sir Salvador Moncada; Ginés Morata Pérez; Enrique Moreno González; Adriana Ocampo Uría; Peregrina Quintela Estévez, Inés Rodríguez Hidalgo, Manuel Toharia Cortés, María Vallet Regí y Santiago García Granda (secretario).

En la edición anterior, el galardón recayó en el biólogo sueco, Svante Pääbo. Se le otorgó por haber desarrollado métodos precisos para el estudio del ADN antiguo, que han permitido la recuperación y el análisis del genoma de especies desapareciadas hace cientos de miles de años. El proyecto trataba de descifrar el genoma completo del Neandertal, lo que una vez conseguido permitió comprobar que el hombre moderno euroasiático comparte entre un uno y un cuatro por ciento de su ADN con los neandertales.