Más de 60 argayos al año y sin plan

Más de 60 argayos al año y sin planGráfico

La Universidad se queda sin financiación para completar su mapa de deslizamientos | Las cuencas, Castrillón y Oviedo concentran los mayores corrimientos. El riesgo se dispara los meses de octubre a mayo por las precipitaciones

RAMÓN MUÑIZ GIJÓN.

Una ladera se desarmó sobre La Cortina (Lena) el martes, arruinando cuatro viviendas. Ayer cuatro argayos alteraron la vía entre Cangas del Narcea y Degaña. Un vecino distribuye ya piedras del argayo de Anzó (Sobrescobio) en recuerdo de los 78 días en los que el desplome de la montaña cortó la carretera con Caso. Los deslizamientos son una constante que, paradójicamente, carece de un plan de prevención. No hay un sistema de alerta temprana ni nada que se le parezca. Lo más parecido es un mapa de riesgos que hizo el Indurot en 2003 a escala regional. La última iniciativa para paliar ese vacío la protagonizó la Facultad de Geología, al elaborar una base de datos de argayos. Analizando hemerotecas y con avisos de los vecinos, el investigador Pablo Valenzuela registró 2.245 casos ocurridos entre 1980 y 2016. Suponen 62 por año, promedio con matices. «Al basarnos sobre todo en información de prensa, hay un sesgo, pues muchos argayos que no generan daños no nos llegarían», advierte el científico. Es decir, el suyo es un recuento conservador. El espectro que se ha podido escrutar indica que en Asturias se llegan a registrar hasta 62 argayos en un día (en noviembre de 2003), y que en un año malo pueden alcanzarse los 262 casos (como pasó en 2013).

Dispuestos sobre el mapa, no hay concejo sin su argayo. La palma se la llevan las cuencas, algo que tiene lógica. «El tipo de geología de la zona es muy complejo y está condicionada por la alternancia de materiales variados, algunos de ellos poco competentes», ilustra Valenzuela. Eso se une a «una orografía de laderas con mucha pendiente, lo que también facilita las inestabilidades», abunda.

Por concejos, capitanean la clasificación Cangas del Narcea y Oviedo (más de 134 casos cada uno), seguidos de Mieres (131) y Castrillón (98). La frecuencia se incrementa entre octubre y mayo debido a que «se trata de un fenómeno que tiene relación muy directa con el régimen de precipitaciones», explica el geólogo. Eso no quita para que se vivan, como ahora, episodios veraniegos «cuando se produce un junio tan sumamente lluvioso».

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No tan impredecible

El estudio formó parte de una tesis dirigida por María José Domínguez y que mereció un cum laude. Tuvo ayudas para ello pero, una vez presentado, «no recibimos ninguna aportación para continuar. Actualizamos el estudio cuando podemos y como podemos», disculpa Valenzuela.

La semana pasada la Junta General del Principado instó al Gobierno a realizar un inventario con todos los taludes de la región, monitorizando los que tengan más riesgo de desplome. «La base de datos es una idea complementaria a esa, que, con una inversión mínima, podría seguir aportando conocimiento para una gestión eficiente de los recursos», defiende su autor. En materia de argayos -sostiene- habría mucho por descubrir y hacer. «Las inestabilidades se entienden como fenómenos difíciles de predecir, hay una percepción de que no se sabe dónde va a ocurrir el siguiente, ni cuándo, pero el conocimiento ayuda a acotar esa incertidumbre y actuar en consecuencia», ilustra.

Recopilar cada argayo y ponerlo en el mapa vendría a ser «como tener un listado de puntos negros; cuando el Gobierno se plantea mejorar las carreteras esa información le orienta sobre cómo hacer la inversión más eficiente, y lo mismo logra la base de datos de argayo». En última instancia, el investigador se sorprende de que existan planes de contingencia para otros riesgos naturales, como las inundaciones y los incendios, y algo no menos frecuente como los argayos carezca de respuesta planificada.

En esa búsqueda de los sitios más susceptibles de sufrir el próximo desplome, Valenzuela ha aprendido que hay concejos más propensos, meses que multiplican el riesgo, y situaciones de humedad que acaban determinándolo todo. «El 80% de las inestabilidades se producen cuando la humedad del suelo está cercano a su saturación y no es capaz de absorber más precipitaciones», concreta.

El estudio de los 2.245 casos evidencia que las carreteras son las principales víctimas de los desprendimientos de ladera, algo lógico dada la extensión de la red. Entre las de titularidad estatal, autonómica o municipal, se cuentan 18.250 kilómetros de calzadas en Asturias. No es extraño por tanto que el 75,3% de los argayos conocidos hayan afectado a alguna vía o camino peatonal.

Resulta más inusual que el episodio afecte a viviendas. De casos como el de La Cortina la base de datos solo da cuenta de 114. Quizás sea porque «la gente del medio rural vive acostumbrada a mirar la naturaleza y suele saber dónde es más seguro construir», aprecia. Además de despejar suposiciones, la investigación hizo un intento estimativo sobre cuánto le cuesta a la región cada argayo. «Calculamos unos 200.000 euros por el número de casos analizados, pero la variación es muy amplía, en unos no hace falta apenas invertir nada y otros salen a un millón de euros», matiza.

Son facturas de consideración que por el momento siguen careciendo de un trabajo preventivo que trate de mitigarlas.