«Era un guerrero que murió en el campo de batalla»

Marisol Saavedra, esposa de Vicente Álvarez Areces, recibió el cariño de familiares y amigos en el tanatorio de Cabueñes. / DAMIÁN ARIENZA

La viuda de Vicente Álvarez Areces, Marisol Saavedra, recibió el apoyo y cariño de muchos gijoneses y responsables públicos

MARCO MENÉNDEZ GIJÓN.

De lo inesperado de la muerte de Vicente Álvarez Areces fue fiel reflejo lo vivido ayer en el tanatorio de Cabueñes, donde decenas de socialistas locales, desde meros miembros de base hasta los más altos responsables, quisieron arropar emocionados a la familia del expresidente. Y en especial a su viuda, Marisol Saavedra, quien sacó fuerzas de flaqueza para agradecer todo el cariño que había recibido y dejar claro que su marido «era un guerrero que murió en el campo de batalla. Fue un triunfador toda su vida, porque jamás, jamás, renunció a sus creencias profundas, a sus valores profundos, a su honestidad y a su lealtad».

Ya en la intimidad de la sala número ocho del tanatorio, transmitía a los más cercanos que hubiera preferido «ir a un sitio aparte a sufrir mi dolor», pero era consciente de lo querido que era su marido, por lo que necesitaba que Gijón y Asturias se despidieran de él. Y es que para Álvarez Areces no existía la muerte, solo hablaba de la vida. Por eso, Marisol Saavedra aseguraba que «merece recibir el cariño de la gente en la Junta General y en el Ayuntamiento de Gijón».

Poco a poco fueron llegando al tanatorio amigos y compañeros de Vicente Álvarez Areces. Algunos de ellos muy afectados, como aquellos que trabajaron codo con codo con él desde los inicios, allá por 1987. Jesús Morales, Francisco Villaverde, Celso Ordiales, Pedro Sanjurjo, José María Pérez, Ana González, Dulce Gallego, Mercedes Álvarez, Adriana Lastra, Adrián Barbón, Guillermo Martínez y el propio Javier Fernández, entre otros, no podían ocultar su consternación. Pero también muchos otros que tuvieron una relación muy estrecha con Álvarez Areces durante todos estos años. Desde el entrañable Vigil, quien fuera su chófer durante doce años en el Ayuntamiento de Gijón y otros doce en la Junta General del Principado, y que ayer guardaba un discretísimo segundo plano, hasta los rivales, pero al tiempo amigos, políticos de otras formaciones y que, pese a enconados debates ideológicos, mantenían una sana amistad. Uno de los más emocionados de estos últimos fue el popular Isidro Fernández Rozada, quien a pesar de sus intensos debates en el Senado aseguró que «creo que el afecto era mutuo y siento muchísimo su pérdida».

También el diputado de Foro Isidro Martínez Oblanca recordaba cuando, siendo ambos senadores, junto a Jesús Iglesias (IU), regresaban los tres en coche desde el aeropuerto hasta Gijón «y los debates políticos que se mantenían en los 40 minutos de trayecto, porque Areces era un gran conversador y no desperdiciaba un minuto. Son unos debates 'móviles' inolvidables».

En el tanatorio se entremezclaban ayer las valoraciones políticas sobre la figura de Vicente Álvarez Areces con las anécdotas de una vida que llenó, sobre todo, de amigos. La exconcejala Dulce Gallego es del barrio de La Arena, al igual que Areces, «y hay aquí muchos amigos del barrio. Tini conservó sus amistades, sus compañeros de jugar a la pelota y de romper los cristales, en concreto de la casa en la que yo nací. Y los conservaba toda la vida, tenía ese talante, esa manera de relacionarse tan cercana a la gente». Y esa cercanía le llevó a granjearse una fuerte amistad con Carmen Moriyón, antes de que siquiera pensara en ser alcaldesa de Gijón. La regidora indicó que «le había conocido en el hospital, siendo él presidente del Principado. Era un tema familiar que afortunadamente salió bien y estaba yo de guardia. Cuando conoces a las personas fuera del ámbito político tienes ese lazo y esa unión con ellas que siempre recordábamos». Tal era la forma de ser de Álvarez Areces que «era una persona que cruzaba de una acera a otra para saludar. Era muy cordial y muy buen conversador», rememora Moriyón.

Antes de que fuera alcalde de Gijón, Álvarez Areces perteneció al Partido Comunista y trabajó duro en la clandestinidad, lo que le sirvió ser objetivo de la represión franquista. Esa labor hoy prácticamente olvidada quiso ser recordada también por muchos de los que ya le echan de menos. «Cuando era joven, y no era fácil hacerlo, dio un paso al frente y estuvo con todos aquellos hombres y mujeres que lucharon para que hubiera libertad en este país. Varias veces sufrió las consecuencias de la represión de la dictadura», recordaba Adrián Barbón, secretario general de la Federación Socialista Asturiana. También lo quiso recordar el expresidente Antonio Trevín, quien resaltó la pasión de Areces por «la política, la educación, el sportinguismo y lo local», pero no se olvidó de que «su historial político ya empieza en la lucha contra el franquismo».

Testigo de excepción de esa lucha clandestina fue Antonio Masip, exalcalde de Oviedo, pues compartieron trabajo contra la pena de muerte: «Me acuerdo de una intervención en la casa de ejercicios de El Bibio, en la época de Franco, y me quedé deslumbrado por un tipo de una calidad extraordinaria, con una mente metodológicamente muy bien amueblada». Así fue cómo conoció a un hombre que fue llamado a «modernizar Gijón y Asturias».

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