Muerte de Arturo Fernández | Despedida a lo grande en su Gijón del alma

El público, en fila, recorría el patio de butacas hasta el escenario, donde estaba el féretro del actor gijonés. :: FOTOS: DAMIÁN ARIENZA / ARNALDO GARCÍA/
El público, en fila, recorría el patio de butacas hasta el escenario, donde estaba el féretro del actor gijonés. :: FOTOS: DAMIÁN ARIENZA / ARNALDO GARCÍA

Miles de personas desfilaron por la capilla ardiente de Arturo Fernández en el Jovellanos | Javier Fernández, Ana González, Alfredo Canteli y Santiago García Granda arroparon a la familia en el adiós al eterno galán de la escena española

PABLO ANTÓN MARÍN ESTRADAGIJÓN.

El gran actor asturiano Arturo Fernández, con su figura impecable y una sonrisa en los labios, volvía a asomarse ayer las carteleras del Teatro Jovellanos en su regreso definitivo a la ciudad en la que nació y que siempre llevó con orgullo. Un sencillo mensaje, «Hasta siempre, Arturo. DEP», devolvía a la triste realidad a los centenares de gijoneses que aguardaron cola desde el mediodía hasta ya entrada la noche para despedirse del gran galán de la escena española. El coliseo rendía así homenaje al artista que durante tantos veranos llenó sus butacas con un cartel similar al que anunciaba sus esperadas funciones. Dentro, el féretro con el cuerpo del actor, rodeado de coronas de flores y arropado por sus familiares, aguardaba a sus seguidores en el lugar donde cosechó las ovaciones más queridas, en el centro del escenario. Su verdadera casa, como recordaría ante los medios su hijo Arturo.

«Él nunca salió de Gijón, nunca se fue de aquí», manifestaba emocionado el mediano de los hijos de su primer matrimonio con Isabel Sensat. Su ciudad, su familia y la profesión a la que dedicó toda la vida fueron las grandes fidelidades que habitaron su corazón hasta el último día. Como muestra de la entrega a su oficio que nunca le abandonó, Arturo Fernández Jr. rememoraba que su padre aún hace escasas semanas estaba preparando un guion. Muy cerca, acompañándole en su despedida de las tablas, su otra familia, la del teatro, representada en la actriz ovetense Carmen del Valle y el regidor Sabino Bilbao, con quienes trabajó en su última obra 'Alta Seducción'.

Los restos del artista habían llegado al Jovellanos procedentes de Madrid en torno al mediodía. Muy pronto se comenzó a formar en el paseo de Begoña una gran cola de quienes quisieron acudir a darle su adiós. Cuando a las cuatro de la tarde se abrieron las puertas para permitir el acceso al coliseo, la hilera de admiradores daba la vuelta hacia Los Campinos, como en los grandes estrenos gijoneses del llorado actor. Entre las primeras personas que desfilaron por la capilla ardiente, Pilar Urdangarín, amiga personal de Arturo Fernández desde niña, cuando su familia, vecina de la madre del cómico, la llevaba a saludarlo cada vez que volvía a actuar en su ciudad natal. «Desde entonces, no me perdí nunca una función suya aquí ni en Oviedo y lo fui a ver muchas veces a Madrid, a Bilbao. La última vez que estuve con él fue hace dos años, me dio un par de besos y me dijo: 'Chatina, nos vemos el próximo verano'. Para mí era un dios. Así lo veía de chiquilla y lo seguí viendo siempre. Un dios y una persona maravillosa», relataba sin poder contener el llanto.

Muerte de Arturo Fernández

Por la capilla ardiente pasarían también otros amigos gijoneses del artista como los pintores Félix Bravo y Roberto Díaz de Orosia, que aguardaron el momento de acercarse al féretro mezclados con los centenares de ciudadanos anónimos que esperaban su turno en la larga cola. La alcaldesa de Gijón, Ana González, acompañó a la viuda de Arturo Fernández, Carmen Quesada y a sus familiares, durante cerca de una hora, y luego irían llegando el presidente en funciones del Principado, Javier Fernández, el vicepresidente Guillermo Martínez, el alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli, o el rector de la Universidad de Oviedo, Santiago García Granda. Ediles del nuevo consistorio playo, la hasta ahora directora del Teatro Jovellanos, Teresa Sánchez y el programador del coliseo, Antonio Criado, arroparon a la familia desde los primeros momentos de la capilla ardiente.

Una admiradora, madrileña y con raíces playas, que solo quiso dar su nombre de pila, María, tras entregarle a Carmen Quesada un detalle personal que conservaba de Arturo Fernández, se lamentaba de la ausencia de nombres de la escena asturiana en la despedida del actor y evocaba una de sus últimas visitas a la ciudad, en octubre de 2017, para pronunciar la lección inaugural del curso de la Escuela Superior de Arte Dramático del Principado de Asturias (ESAD). «Ayer en Madrid estaban todos, todos, del primero al último. Es una pena que en su casa le paguen así», expresaba. Entonces, el veterano cómico, a sus 88 años, alentó a los alumnos recién graduados a volcarse en la que consideró «la más maravillosa de las profesiones: ser aplaudidos por hacer lo que se ama», un oficio en el que él -recordó- tuvo «que aprender a aprender, porque no sabía nada» y les advirtió contra la euforia de las vanidades: «Hay que estar preparados para la invisibilidad; aquí nunca se termina de llegar». Eran las palabras de alguien que lo había sido todo y lo seguía siendo en el arte de la escena. Una estrella que nunca olvidó a aquel chavalín de El Llano, hijo de un exiliado anarquista, que se plantó en Madrid con trescientas pesetas, dos trajes gastados y una gabardina relavada. Conquistó la fama y el cariño del público, todo a lo que pueda aspirar un artista. Su último deseo fue volver al lugar donde empezó todo, a su Gijón del alma. Ayer, la ciudad que tanto amó, su público, lo despedía para no olvidarle nunca.